El monte.

El chirrido y canto de los pájaros es constante. Los periquitos sueltan unos trinos melodiosos que se confunden con el sonido del abanico. El tucán amargado lanza una amenaza tenue cada tanto, como recordándome que está ahí y que ni se me ocurra acercarme, pues me espera su largo y puntiagudo pico al otro lado de la malla verde que lo encierra.

El otro tucán, Pepe, más amable y juguetón, se queda callado pero vigilante de cada uno de mis movimientos, pues nunca olvida que hace unas noches se dio una ingente pitanza de galletas de mi mano.

La guacamaya es, sin duda, la reina del escándalo. Su alarido es penetrante y desde la rama más alta del palo que amablemente le instalaron en su jaula, se posa como una guardiana gritando altaneramente a cualquiera que pase. Ni las galletas ni la papaya madura le amansaron el carácter de matriarca intransigente.

Hay gallinas que andan sueltas por el espacio, dando pasos cautelosos y apoyando bien esos 3 dedos de cada pata mientras estiran el cuello y se equilibran para picotear el suelo rescatando migas de lo que sea que encuentren por ahí.

Clari prepara la comida, Soco limpia la piscina. Su nieto le ayuda a llevar y traer mangueras, cloro y la pala larga con una malla al final que usan para recoger hojas y sucio del agua. Sólo se respira calma, tranquilidad, monte y flores. Esta noche me espera una oscuridad acogedora, un silencio discreto y la delicia de saberme libre de todo por unas horas.

En medio de este escenario me presto a escribir unas letras buscando congelar un instante al cual pueda volver cada vez que la vida me ofusque, cada vez que el pavimento me ahogue y los pitos ensordezcan. Cuando anhele rodearme de verde vivo y que la molestia más grande posible sea una picada de mosquito. Cuando tenga hambre de tierra húmeda y las planticas de mi balcón se me queden pequeñas.

Hay refugios de refugios y, aunque la vista de casas enjauladas que encierran a mis huéspedes alados inevitablemente ensombrece la maravilla de lugar en el que camino, no me queda más que agradecer por el inmenso privilegio de tener un rincón al que escapar para sentirme viva entre hojas y plumas, entre aire y agua, entre mi piel y yo.

Estantes vacíos.

Esto fue el resultado de un ejercicio rápido de escritura que hice en un taller, donde debía escribir en 5 minutos sobre una librería. ¡Me gustó tanto que lo quise compartir!

La librería era toda de mármol blanco, impoluto, prístino. Su entrada no decía mucho, era una puerta anónima de hierro oscuro y pesado que incluso costaba empujar, como si no quisiese revelar lo que había en su interior, como si fuese un secreto que habían, esas pesadas puertas, jurado nunca destapar.

Los estantes, también de mármol empotrado al mismo mármol de sus lisas paredes, no parecía tener agujeros de tornillos ni ningún tipo de base que sostuviese su peso, simplemente estaban ahí, como flotando, dibujando líneas horizontales a cal y canto y creando laberintos infinitos de mármol brillante.

La luz entraba por un agujero en el techo, como en una cúpula, haciendo ronda por el espacio como si fuese un vigilante con su linterna, como si el sol, a través de ese hueco y girando en un bucle que se repetía todos los días, estuviese buscando algo que nunca lograba encontrar.

El más mínimo sonido generaba un eco reverberante y ensordecedor, pues la onda rebotaba sin cesar de mármol a mármol hasta que llegara otro sonido y la opacara, y así.

En esa librería entré, luego de empujar con fuerza la pesada puerta, luego de acomodar mis ojos al brillo enceguecedor del reflejo que llenaba todo el espacio, luego de lastimar mis oídos con el retumbe del hierro contra el hierro al cerrarse detrás de mi y agarrarme la cabeza deseando que parara.

Entré buscando un libro y entre tanta belleza deslumbrante, no encontré más que estantes vacíos.

Plétora de nada.

Pienso en llorar pero no pasa nada. ¿es así como se siente la apatía? ¿es así como se siente el no sentir? Alrededor hay vida a borbotones, revientan los gritos de existencia en todos lados y adentro solo se siente estéril, una vivencia inocua que a duras penas palpita. La mañana se confunde con la tarde, con la noche y la madrugada; son todas una sola cosa en bucle, infinitamente interminable. Cada palabra que forman las teclas se siente pesada, cuesta crearla, cuesta atarla a la que está antes y a la que viene después.

¿La ausencia de vida es muerte? No, la ausencia de vida es pausa. Una interrupción del movimiento que congela todo. ¿Hasta dónde me permito esto? Las voces dicen que es necesaria la indulgencia cuando el cuerpo te habla, pero ¿cuándo llega el momento de tirar la zanahoria y reemplazarla por el garrote? La impostora que predica al mundo sobre sus batallas falsamente victoriosas se revela y deja expuesto su propio vacío. Un árbol frondoso que podó por mucho tiempo sin cuidar de atender bien sus raíces, abonadas con tierra podrida y con una luz artificial.

Pausa y quietud. Silencio. Se agotan los motivos para seguir siendo parte de algo, parte del todo. Sombras para acallar la carne que se enreda con la cama; es el único refugio silente. Una plétora de nada.

Sueño de luna.

Ven a dormir conmigo: no haremos el amor. Él nos hará.
-Julio Cortázar

La cama se siente vacía. Las gotas de agua del aire acondicionado caen sobre un recipiente cuidadosamente situado entre mis dos plantas y hacen más ruido que nunca, es casi ensordecedor. Ese mismo aire enfría demasiado y además, siento cada una de las oleadas de viento helado que lanza el ventilador desde el techo caer directamente sobre mi, porque no hay donde más caer. Tengo frío, se siente frío por doquier. 

Miro los cojines extra que nos hicieron falta para dormir cómodos así fuesen unas pocas horas, así la luna ya se estuviese despidiendo cuando apenas nos disponíamos a cerrar los ojos. Me sobran pero los dejo. Me huelen a mar y frescura, a tu cuello cubierto en sudor con una ligera reminiscencia a perfume fino y al enjambre negro que abraza tu boca mientras yo me relajo intentando desenmarañarlo para entender dónde  empiezan y terminan tus labios. 

Miro hacia abajo y faltan un par de pies, ¿a donde se fueron? Te llevaron lejos y no te quieren regresar. Ya no se rozan con los míos mientras nos acurrucamos en un frío compartido que se hace tibio entre tu abrazo, ya no me sacan una sonrisa cuando los miro porque me recuerdan que tengo gustos y fetiches y que tus deditos están como mandados a hacer para freírlos y desayunarlos con café. 

Levanto el brazo hacia mi costado y se va hacia la nada, la nada donde antes estabas tu. Busco sin éxito tu pelo negro y grueso para que se encuentre con mi mano necia quien se queda con ganas de acariciarte sin descansar. 

Horas que se volvieron días, mañanas que se volvieron noches y mañanas de nuevo, lunes que de repente fue domingo. Y yo solo miro mi cama que se siente vacía y no se explica cómo pudo estar contenta por tanto tiempo antes de descubrir el peso de tu espalda encima de ella. 

Me tienes leyendo el horóscopo, pensando en perros y caballos, soñando con sillas giratorias y mucho barro entre mis zapatos. 

La luna me prometió apurar su turno para encontrarnos más pronto, para agarrarte la barba y descubrir tus labios y comprobar si somos compatibles y seguir saboreándome tus pies, para compartir el frío y esconderme en tu sábana y contar latidos y sentirte cerca, para volver a llenar mi colchón y que tu espalda le quite las ansias de nuevo, para bailar un vals acelerado y terminar en la hamaca meciéndonos al ritmo del mar, para que asustes al gato y agotemos mi ropa de cama. 

Me tranquiliza saber que cuando la luna promete, nunca falla. ¿Y a ti?

Sin título.

Me duele todo. Me duele la vida y el aire que me la da. Me duele el agua que bebo, me duelen los ríos llenos de mierda por donde fluía. Me duele la ropa que llevo, la tela me roza porque está invadida de injusticias, explotación y abuso. Me duelen los brazos, me duelen porque no abrazan. Me duele la espalda, me arde en fuego porque la única forma de sobrevivir esto es dándosela a todo lo que me recuerda que hay odio por doquier.

Me duelen mis pies que no sirven para marchar ni manifestarse, que no han corrido junto a otros pies que huyen del poder abusivo, que no han aguantado el peso de cargar encima otro cuerpo herido por el odio. Me duele la cara, me duele toda. Me duele una cara que no ha presenciado muerte, violencia, represión ni injusticias.

Me duelen los dedos que escriben desde la ignorancia, desde lo que otros me permiten ver y no desde lo que yo misma he vivido. Me duele el pelo, un pelo liso y limpio que embadurno con productos costosos todos los días sin pensar en que mi sudor es producto de no hacer nada, mientras que el sudor que empapa los pelos de otros cuerpos está ahí porque corren, porque huyen, porque sufren.

Me duele la tierra que piso, me duele que sólo tenga capas y capas de sangre seca. Me duele mi llanto que es estúpido, porque son lágrimas que yo si puedo derramar y muchas otras ya no, porque con un rápido roce del pañuelo las seco y ya no existen. Me duele el mundo y me duelen todas.

Pero ¿por qué? ¿Qué son para mi? No las conozco. No sé sus nombres ni cuáles eran sus sueños. No sé si tenían mascotas o si preferían el café al té. Nunca sabré qué habrían hecho de sus vidas, nunca sabré cómo se llamarían sus hijas, nunca sabré si las hubiesen tenido. Nunca volverán a ver un pájaro bañándose en una fuente ni una hormiga cargando comida ni una nube en forma de perro.

Se fueron, se las robaron, me las robaron.

Mi primer territorio.

“Antes nos quemaban por brujas, ahora nos controlan con la estética”.

-Victoria Sendón de León

En este momento siento en mi cuerpo una gran tristeza mezclada con aceptación. Siento que vamos juntos siendo partícipes de un camino repleto de montañas y valles, y de alguna manera, por impensable que parezca, siempre logramos salir juntos de los descensos. En este momento siento que vamos bajando, los siento pesado, lleno, cargado. Siento que mis pies ya no son ligeros como hace unos días sino bloques de cemento aún húmedo, lleno de agua que aún no evapora y me arrastra, nos arrastra, hacia un profundo encontronazo con la realidad. Mis bracitos son pequeños, ínfimos, un par de atrofies desnutridos que no alcanzarían a sujetarse ni que un cabo de vida nos tiraran.

Mi tronco es eso, un tronco. Un pedazo de madera que por momentos se siente ligera, fina, hueca como el tríplex, capaz de solucionar cualquier faltante y separar espacios donde se requiera. Otras veces, como hoy, se debate entre esa ligereza y la pesadez robusta de un roble viejo, difícil de manipular, cargado de llevar y que ocupa demasiado espacio en el ser que somos.

En mi garganta siento presión, como una manguera cuya llave de paso está abierta al máximo pero un niño travieso decidió bloquear su vertiente, siento la tensión insoportable de mil cascadas de gritos, rabias e injusticias que no pueden salir porque el niño travieso me ha callado, el niño travieso es el mundo.

Debajo de mi garganta apretada están mis tetas, dos sacos llenos de vida en potencia que no me interesa que exista y que con el mayor de los gustos, me arrancaría con un limpio y rápido sablazo, eliminando toda la carga de mierda que viene con ellas y siendo libre por una puta vez.
En mis piernas siento vida, pero también siento muerte. Siento pausa y movimiento, siento confusión. A veces pienso, ¿estará todo conectado? Si ese niño soltara el amarre y este edema de vida reprimida saliera, ¿se aligerarían mis pies, mi tronco, mis tetas, mis piernas, mi mundo?

Cargo en mis hombros un par de bultos de tristezas ajenas, dolores que no me corresponden y sin embargo ahí están, hundiéndome aún más en el ineludible fondo al que me dirijo. Siento las manos encalambradas, las siento llenas de posibilidades sin oportunidad de ser, las siento tersas y suaves sin yo querer que lo sean, no las siento mías, son de otros, son molde de una fábrica que construyó el niño para que todas nuestras manos sean iguales, para que se muevan de la misma manera y tejan los mismos telares que a la vez nos enredan y nos atrapan.

En mi cuerpo siento amor por todo, un amor desbordante por el universo que soy yo misma, que somos. Aunque soy ese universo, el amor se difumina y viene en oleadas sutiles, ráfagas de un amor construido e intencional que cuelga de un hilo de azúcar que a la primera lágrima, se derrite y se deshace. Siento que mi vientre es un baúl de maravillas desconocidas y pretendidas, siento que todos quieren un pedazo de él que yo no quiero dar. Siento que es el origen de todo, siento que tenerlo es un regalo pero aceptado bajo las más nefastas condiciones. ¿y si no lo quiero? ¿me lo puedo arrancar también?

En mi cuerpo siento luz llena de puntos ciegos, como una gran bombilla de vidrio encendida pero cubierta con ceniza, ilumina todo pero dejando oscuridades aquí y allá. Con cada soplo de amor ocasional, vuela una viruta de ceniza y se va expandiendo el brillo, y es un juego de delicado equilibrio entre soplar con la fuerza suficiente para ir retirándolas sin que una ráfaga demasiado poderosa quiebre el delicado vidrio y que esa hermosa iridiscencia se pierda por siempre.

En mi cuerpo siento la historia infinita y malcontada de la humanidad, de la naturaleza, de la vida misma desde sus inicios, y a veces es tanto lo que siento, que se siente como nada.

Sinopsis de mi 25/08/20.

Ejercicio creativo resultado del Taller de Escritura de La Pausa para el Café.

Diana era reconocida entre sus amigxs como una mujer enérgica y alegre, siempre con una sonrisa pintada en sus finos labios y dispuesta a lo que fuese. Nadie podía sospechar que bajo esa caparazón de bienestar y ligereza, se escondía un cúmulo de sentimientos oscuros y punzantes que le pesaban en todo el cuerpo y la postraban en su cama como si con cadenas estuviese amarrada al colchón.

Acompáñanos en un camino de autodescubrimiento, visitas al pasado, conexión con el más allá y encuentros dolorosos mientras somos testigos de cómo una mujer que aparentemente lo tenía todo, se ve envuelta en un torbellino de vida y muerte que le revelará su camino en este mundo.

Chachareando de COMETIERRA

Reflexión del libro “Cometierra”de Dolores reyes

Eran casi las diez de la mañana cuando Diego miró la taza de café que se encontraba casi vacía al lado de su computador portátil. En el fondo quedaba el acedo o lo que conocemos como el guarrú, esa tierrita color negro que nadie quiere saborear. Ya el efecto de la cafeína se había disipado en su cerebro, su creatividad había alcanzado el límite esa mañana o al menos para el texto que estaba escribiendo y debía entregar la semana siguiente. Se levantó de su escritorio para estirarse un poco mientras echaba una mirada distraída a sus compañeros en el periódico, así como para ver “en qué andaban”.

Al final de la sala y unos segundos después, Diana hizo el mismo gesto pero acompañado de un pequeño bostezo. Diego se acercó y le dijo:

– Joda, me pegaste esa vaina.

– Jajaja… Hey no dormí bien anoche. El lanzamiento del podcast de destabutémonos me tiene un poco ansiosa.

– Me imagino, yo también estoy cansado. El último artículo me tiene con las neuronas fritas y los ojos muertos. Supongo que necesitaré unas gafas para ver mejor.

– Hagamos una pausa para el café.

– Dale.

Se dirigieron a la pequeña cocina y Diana, mucho más experta que Diego en las artes cafeteras, puso el agua y el café sin medir, “al ojo”. Se sentaron en la mesita y en las dos sillitas pequeñas plegables que estaban allí a esperar que estuviera listo.

– No te dije que quisiera espresso de moca.- le dijo Diego.

– Siempre te tomas lo mismo. Más predecible imposible.

– Bueno, en eso tienes razón.

– Ajá ¿te leíste Cometierra?

– Si, lo terminé ayer mismo en la noche.

– ¿Te gustó?

– Honestamente el libro no me enganchó, osea, la trama pintaba más interesante pero al final no pasa nada extraordinario. Me lo leí porque me lo recomendaste pero en muchos momentos quise no leer más. Sin embargo, el libro tuvo dos aspectos que podría destacar: la relación de la chica con la tierra y la descripción de las escenas sexuales.

– Soy toda oídos, después hablo yo.

– Con respecto a la tierra…

-Aguanta mijo, ¡se va a quemar el café! Jajaja déjame sirvo y sigues.

Diana sacó dos pocillos pequeños de uno los estantes de la cocina y sirvió los dos espressos. El humo salía onduladamente, impactando con el aire frío que llegaba desde las oficinas a la cocina.

– Joda, te quedó bueno. Gracias – le dijo Diego.

– La calidad no se improvisa jaja (y sacó la lengua). Bueno ahora sí, ¿me decías de la tierra…?

– Pues si, la trama del libro es que hay una muchacha que es capaz de saber qué pasó con el destino de algunas personas si come tierra que era frecuentada por esas mismas personas, de ahí el apodo que le ponen de Cometierra. Ella lo describe como un deber que tiene con su comunidad para esclarecer casos de desapariciones y asesinatos, etc. Ella menciona en varias ocasiones la frase “la tierra me habla”, y yo lo conecto con la realidad colombiana en medio del conflicto armado y la relación de los campesinos con la tierra, ambos elementos muy difíciles de comprender desde la ciudad.

En el caso del conflicto armado en Colombia, han sido las fosas comunes y los entierros improvisados en la densa selva los que todavía conservan ese periodo nefasto de nuestra historia nacional. En ese sentido, la tierra nos habla, hay una historia por ser contada allí donde se encuentran esas víctimas enterradas, sus sueños, posiciones políticas, luchas, familias, etc. hay toda una historia enterrada en Colombia. En cuanto a la relación de los campesinos con la tierra, el rancho, la finca, la vereda donde vivan y de la cual derivan su sustento, la tierra que trabajan diariamente para producir verduras y frutas para consumo de todos, es una relación que es imposible entender desde la ciudad porque en la ciudad simplemente no hay tierra, hay cemento. Ellos tocan la tierra con sus manos y pies, nosotros a duras penas lo hacemos, y caminamos todos los días con zapatos de marca pa’ no sufrir el cemento caliente. A ellos la tierra les habla, les dice cuando un árbol necesita más agua, cuando tiene una plaga, cuando la tierra necesita abono, etc.

Hay toda una sabiduría empírica en la relación del campesino con la tierra que desde la ciudad es completamente ignorada. Los evaluamos con respecto a nuestros estándares de conocimiento, pero no nos medimos con respecto a los de ellos. En el campo, los estúpidos seríamos nosotros, nosotros no hablamos con la tierra, ellos si, ellos la pueden comprender.

Ya hablé empilas jajaja ¿que te pareció a ti el libro?

– Bueno, la verdad este ángulo desde el cual hiciste la lectura propia no había sido uno que yo hubiese hecho y me abres toda una ventana más desde dónde y cómo entender el libro. Me llama un poco la atención que no hayas notado o mencionado el tema de la violencia de género latente que atraviesa la historia de Cometierra… ¿lo viste? Desde la relación que tiene con su papá y la pérdida de su mamá por violencia de género, las dinámicas que se manifiestan entre ella y el mansito ese con quien sale… el amigo del hermano, que ahora no recuerdo el nombre. La historia de su profesora de inglés, que la acosa en sueños pidiéndole que la ayude desde el más allá, pero que a la vez la tortura cuando ella se atreve a brindarle la ayuda. La chica, creo que se llamaba María, que encuentran secuestrada y violentada por un viejo herrero que la mantenía encerrada, en fin.

La lectura de su relación con la tierra y esa visión tan alienígena para nosotros, los citadinos, del estrecho lazo que muchas personas tienen con la naturaleza y cómo todas sus decisiones, acciones, pensamientos y lógicas se derivan de las leyes tácitas de la Pacha Mama, es una lectura interesante que yo pondría de segundo o tercer lugar. Válido, pero terciario. No sé si, ahora hablándote de cómo lo “leí” yo, ¿te viene algo a la mente? Joda… este tinto me quedó bueno, ¿si o qué?

– Sisas, justo pa’ despertarme. Pues ese aspecto que mencionas claro que lo noté en el libro, es imposible no verlo. Lo que pasa es que me imaginé que habría mucho más de eso de lo que finalmente hubo. Es decir, me esperaba una protagonista más metida en el papel de esclarecer crímenes de violencia sexual en compañía de la policía por ejemplo, sobre todo porque ella al inicio anuncia que cuando uno tiene un “don” como el que ella tiene, tiene a su vez responsabilidades con la comunidad.

Por otro lado me gustó mucho la simpleza con la que se describe a la protagonista, con sus sentimientos y contradicciones de adolescente haciendo el tránsito a la adultez. Tal vez eso explique porque una colaboración con los Yutas, como les llama ella, no aparece más marcada en el texto. Osea, sería pedirle demasiado a un adolescente que se interese más allá del bienestar de su núcleo familiar y de los problemas que uno sufre a edad, y que se ponga la capa de superhéroe en un pueblo como el que se describe allí, bastante pobre y patriarcal. El tema de las contradicciones lo veo bien marcado cuando ella conoce a Ezequiel, al principio desconfía de él por ser polícia pero luego terminan follando.

Por cierto, la descripción del sexo es bastante explícita, sencilla y profunda, lo que me llevó a excitarme al leerlo. Es interesante leerlo como hombre y conocer esa perspectiva femenina en medio del sexo, cosa que uno como hombre puede ignorar en muchas ocasiones al estar tan concentrado en sentir placer sin importarle si su pareja siente o no placer con lo que uno hace en ese momento. No se si tienes otro punto de vista con respecto a la violencia de género o el sexo jaja tú sabes que aquí es destabutándonos jajaja.

– Confesión: para mí también fue erótica la cosa jajaja… pero ven. Hablemos más de eso. La genialidad de la escritora está precisamente en eso, querido: ella usó el contexto de narrar la historia de Cometierra como un vehículo para mostrar en la cotidianidad cómo se viven tantas situaciones de violencia de género, feminicidios, violaciones, machismos, pensamiento patriarcal, etc, sin necesidad de catalogar el libro dentro de la sección “HISTORIAS FEMINISTAS DE VIOLENCIA DE GÉNERO”. Es un relato de la lucha feminista, clasista y socio-económica disfrazados en una historia común, hasta básica, que no tiene letreros ni señales de advertencia. Nos demuestra cómo en lo cotidiano de nuestras vidas, y especialmente en barrios marginados como el que pinta ella, de calles de tierra y tan apartado que debe montar el bondi o colectivo un buen rato antes de llegar a la casa de sus clientes de clase alta y que pueden ser cualquier barrio de cualquier ciudad de latinoamérica, estos hechos terribles suceden en lo cotidiano y no llaman la atención de nadie, sólo pasan y ya. Ahí veo yo la relevancia absoluta de este libro y porqué para muchos parece ser un libro de una niña que se comunica con la tierra, pero es mucho, muuuuuuuuuucho más.

Ahora, dando largas a lo que hablas de cómo describe el sexo; para mi fue bastante inesperado y al principio (en medio de la excitación jaja) no entendí mucho qué pintaba esa escena tan gráfica en el libro, y aún lo pienso un poco, pero con lo que tu dices creo que lo tengo claro: el libro es narrado en primera persona y esa fue una etapa más de la historia de cometierra durante las situaciones que vivió, es un reflejo de su edad física y mental y cómo, a pesar de ser una adolescente latinoamericana de pocos recursos, tiene la tenacidad y carácter de pedir, expresar deseo y disfrutar del sexo cuando normalmente nos educan a hacer todo lo contrario. Habla de su personalidad y cómo a pesar de todo lo que tiene en contra, es un ser humano único, especial que además de hablar con la tierra y ver a los muertos, sabe a qué tiene derecho como mujer y sabe exigirlo.

– Nojoda, tremendo análisis querida. Creo que esto confirma que dependiendo de las gafas que tengas asi mismo percibes la realidad. Pilla que lo primero que vi al leer el libro fue el vínculo entre la tierra y la violencia en Colombia, un punto que no había sido de tu especial interés. Y lo mismo pasó con el tema de la violencia de género, lo vi pero la visión tuya fue mucho más profunda. Profundidad que me partió el pecho sinceramente jajaja se nota que estás full metida en el tema. Sería interesante encontrar un libro que combine estos dos temas, violencia de género y un arraigo cultural a la tierra en Colombia.

Diego miró la taza de café. Ya se había quedado sin café. La charla había sido tan entretenida que dio sorbos sin darse cuenta. Vio en el fondo de la taza, el guarrú combinado con el último sorbito de café y dijo:

– Nojoda sería la verga si me tomara el guarrú así como cometierra y de repente tuviera visiones o pudiera adquirir tu conocimiento sobre el tema.

– Jajaja dale pa’ ve’. Tal vez seas un cometierra costeño – le dijo Diana.

Diego dio el último sorbo, masticó el polvo de café negro del final ya quemado y frunció el ceño para decir:

– Nada marica, supongo que tendremos que hacer más pausas para el café.

Tiritas rosadas.

Amurallar el propio sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior. -Frida Kahlo

Estábamos acampando con un par de amigos del colegio y un adulto responsable que era nuestro profe de francés, además de amigo de nuestros papás. Tendríamos unos 11 años y como siempre, Diana la valiente y aventurera, acordó desde la tarde acompañar a Gil, el cuidador de la finca, a buscar la leña para hacer la fogata. Se acercaban las 7 de la noche y ya estaba bastante oscuro cuando emprendimos la ruta mientras caminábamos de la carpa hacia la zona donde había unos maderos viejos. Me sentí muy complacida en la caminata pues, mientras conversábamos y yo hacía preguntas sobre la vida en la finca, Gil me trataba con respeto, siendo él un hombre de unos 50 años y con su familia esperándolo en la cabaña a unos 200 metros de donde estábamos y yo, una niña que se veía con espíritu de mujer y con la gallardía pintada en la frente.

Recogimos nuestra leña, cada uno cargando un par de trozos secos debajo de un brazo cuando nos dispusimos a volver. Recuerdo que tenía una camisilla de tiritas rosada, en ese momento aún era plana como una tabla y sobresalían un poco mis pezones infantiles pues aún no comenzaba la fase del “acostumbrador”.

Iniciando el camino de regreso, Gil se me acercó un poco y me puso el brazo sobre los hombros, cosa que vi un poco extraña pero que enseguida interpreté como que después de nuestra charla éramos amigos y que le había caído bien. No recuerdo bien exactamente qué me estaba diciendo cuando de repente su mano pasó de mi hombro desnudo a tocarme el pecho, masajeándome como si fuese una pechuga de pollo que están adobando con ajo y perejil y con tanta fuerza que alcanzó a subirme un poco la tela y descubrir mi barriga. En ese momento capté que Gil no era mi amigo. Mientras caminábamos y seguía manoseándome me decía muy cerca al oído “ahorita que se acabe la leña te busco para que busquemos más, pero venimos tu y yo solos, ¿oiste?” y yo entendí que ser sumisa y complaciente en ese momento era lo único que me quedaba, así que sonriendo le dije que claro que sí, que bacanísimo el plan, que me buscara…

Desde que su mano rodó hacia donde no debía estar mi cuerpo se contrajo, agarré los troncos que tenía debajo de un brazo y los apreté con ambas manos frente a mi pecho, como protegiéndome y tratando de poner una barrera disimulada entre su mano invasora y mis pezones de niña.

Sus manos nunca dejaron de invadirme, sólo cuando estábamos a pocos metros de los demás. Aún recuerdo el olor a monte, aire húmedo y leña, la infinidad de la noche encima de nosotros y lo frágil que yo era. Me sentí engañada y traicionada, entendí en ese momento que Gil no me veía como una niña ni que le interesaba mi compañía porque tuviese cosas interesantes que hablar conmigo, ni porque lo hiciera reír en el camino. Entendí que desde el principio había una sola intención y que yo en mi inocencia, había caído redonda sin la menor malicia.

Recuerdo haber entrado a la carpa con mis 2 amigos, una niña y un niño, y contarles el momento incómodo que había tenido con Gil. Recuerdo la alarma de mi amigo que me dijo “mejor no vayas, quédate aquí, dile que tienes mucho sueño” y así fue. Gil volvió a buscarme más tarde y yo, con toda la diplomacia del caso para no exponerlo, le dije que gracias por la invitación pero que me moría del sueño. Y ahí quedó el tema. Nunca lo volví a hablar, nunca le di trascendencia, volví a esa misma finca mil veces y nunca más me acerqué a Gil ni me sugirió buscar leña para la fogata.

Nunca le di trascendencia a esa anécdota pero nunca la olvidé. Nunca olvidé el sentirme absolutamente a merced de Gil, en la cómplice oscuridad que dominaba ese monte, a cientos de metros de cualquier persona que me pudiese ayudar, totalmente desprotegida y violentada. No se si hubo un antes y un después, pero ahora con mi mente de mujer sé que Gil fue mi primer abusador (que recuerde) y siento una inmensa impotencia y rabia por no poder hacer nada para deshacerlo y proteger a la Diana que llevaba esas tiritas rosadas que no cubrían bien sus pequeños hombros y tampoco poder hacer nada por las miles de niñas que hoy se cruzan con un Gil en sus caminos.

Sin compromiso.

El tiempo tiene una forma maravillosa de mostrarnos lo que realmente importa.

-Margaret Peters

Hoy los vi por primera vez en mucho tiempo. Ahí estaban, un par de reflejos brillantes de un color crema precioso, objetos de tortura y seducción. Siempre estuvieron ahí, en el mismo lugar, y siempre vieron la luz al abrir las puertas de clóset y me vieron acercarme a descolgar un vestido, a agarrar unos zapatos o a reacomodar mis camisas, pero yo no los veía a ellos. Hoy los vi.

Recuerdo cuando los compré para un evento especial, un evento de alta etiqueta que requería un ajuar completo a la altura y eran los únicos que me gustaron y que combinaban con mi vestido de tonos dorados, riguroso para las damas de honor y lo llevé sólo por eso, porque ese color, riguroso para desfavorecerme, al pelo. Los vi desde la calle a través de la vitrina en un soleado y calurosísimo día de octubre, como siempre, corriendo y dejando las compras para última hora. Recorrí varias tiendas, como suelo hacer tortuosamente y en contra de mi voluntad, sin ningún éxito. Hasta que los vi hacerme muecas desde la repisa perfectamente ambientada dentro de una tienda toda beige y rosada, llena de flores, mariposas, telas sedosas y lentejuelas. Exactamente el contrario de mi tipo de tienda, si es que puedo decir que tengo uno, porque en general, detesto el plan.


Me los puse y fue instantáneo: me sentí como una diosa, como una estrella en la carpeta roja, mis piernas de gacela medían kilómetros y la posición de mis pies hacían que mi culo saliera más y mi abdomen se ajustara. Eran de charol, beige y de 14 centímetros, y con el primer “clac” de cierre del broche me convencieron. Ya ni recuerdo cuánto pagué, pero sé que fue mucho más de lo que jamás hubiese gastado en calzado y por alguna razón, me hicieron sentir de una manera que no dudé en rayar mi tarjeta y dejar ir esa plata para siempre.


Mis tacones. Mis altísimos, carísimos, elegantísimos y sub-utilizadísimos tacones de fiesta. Hoy los vi cubiertos por una fina capa de polvo en la esquina más recóndita de mi clóset donde pongo las cosas que nunca me pondré de nuevo, pero que me da dolor regalar o botar… ahí estaban, firmes. Me devolvieron la vista con profunda tristeza, me hicieron saber que los malgasté, que no les doy el valor que merecen y que morirán cubiertos de polvo sin volver a pisar una baldosa de mármol pulido bajo luces multicolor y vibrando al ritmo de una música con el bajo, irónicamente, demasiado alto. Nunca volverán a sacarme ampollas en la parte superior del talón, ni donde está la hebilla ni donde roza con la parte superior de mi dedo gordo, ni me harán trastabillar cuando intente caminar por suelos de piedra o adoquines.


Mis tacones. Todo lo que fueron y todo lo que nunca serán. Todo lo que en algún momento consideré importante y todo lo que ya no lo es. Todo lo que sufrí o acepté por seguir a los otros y todo lo que me niego a cumplir ahora. Todo lo víctima que fui de los estereotipos y del bombardeo de los grandes intereses y todo lo que en este momento me importa un culo. Todo lo que digo que ya no soy y todo lo que en verdad sigo intentándolo.

PS: regalo unos tacones.